Tepic, Nayarit, jueves 27 de enero de 2022

Gracias Pepe Espinoza por salvarme la vida

Oscar González Bonilla

26 de Agosto de 2017

La expresión de Pepe Espinoza “lo que he hecho por Oscar es haberle salvado la vida”, como respuesta al cuestionamiento que hice sobre su enriquecimiento ahora sí que inexplicable, me hizo reflexionar, echar el pensamiento hacia atrás.

El flamante ex titular de la Secretaría de Gobierno me acusa de flaca memoria, puesto que durante mi enfermedad no sólo él estuvo atento sino muchos amigos más. Argumenta que al respecto una placa existe en el IMSS, me imagino que de Tepic, cuando menos así lo entendí. Él fue delegado del Seguro Social en Nayarit.

Salvarme la vida, me repetía, y pensé: nunca he estado en riesgo de perder la vida. Bueno, agrego, en riesgo de perder la vida estamos de manera permanente todos los seres vivos. En cualquier momento nos lleva la chingada estemos enfermos o no.

Aunque lo he hecho en ocasiones anteriores, creo conveniente hacer el relato con mayores detalles sobre el asunto donde Pepe Espinoza dice haberme salvado la vida. Ahí les va.

En los primeros meses del año 2000, un buen día al levantarme, sentado en el bordo de la cama empiezo a ver y sentir que todo me da vueltas, mareado. Al poco rato esa sensación pasó. Me pongo mis arreos para trotar donde matinalmente acostumbro hacer ejercicio, pero para mi sorpresa empiezo a ver imágenes distorsionadas, como cuando un camarógrafo graba corriendo o en momentos de apuro, en consecuencia obtiene imágenes en movimiento, no fijas a la vista.

Ello me hizo pensar en la gravedad del asunto. De inmediato me dirigí al Hospital del IMSS de la avenida Insurgentes en Tepic. Busqué al cardiólogo Eduardo Salazar Weill (se me hace que así se escribe su segundo apellido), quien me había prometido interceder para que yo fuera atendido en el Centro Médico de Occidente en Guadalajara. Ahora sí necesito tu apoyo, le dije a mi amigo el doctor. Antes de ello me ordenaron tomografía de la cabeza en la clínica especializada del doctor Munguía (también amigo, en política seguidor del Dr. Navarro Quintero) por la calzada de la Cruz. Fue él quien me dio la noticia que me acongojó: tienes un tumor.

Mi hermana Josefina, que en todo momento siempre estuvo conmigo, y yo nos dirigimos a Guadalajara, en el Centro Médico de Occidente nos entrevistamos con el director, recuerdo de apellido Lizárraga, me parece que mazatleco, quien nos indicó que él haría la cirugía, pero determinó plazo para ello. En ese ínter, mi hermana, trabajadora del IMSS, en la actualidad jubilada, platicó de mi caso con la Audióloga María Patrocinio, quien recomendó fuéramos a la ciudad de México en busca de un afamado neurocirujano de nombre Gerardo Guinto Balanzar, oriundo de Acapulco, Guerrero, en ocasión compañero de estudios de ella.

Y allá vamos. Lo localizamos en el Centro Médico Nacional Siglo XXI del IMSS, era director del Hospital de Especialidades de dicho complejo. Nos notificó que se trataba de un Shaunoma (no sé cómo se escribe), es decir de un tumor no canceroso, medía dos centímetros y medio, que estaba ubicado en los nervios facial y auditivo, había que extirparlo porque existía el riesgo de penetrar al cerebro y en consecuencia tendría problemas de movimiento, incluso la saliva saldría involuntariamente. Pero advirtió que perdería el oído del lado derecho y quedaría con parálisis fácil del mismo lado, pues él sería responsable de la cirugía. No importa, recuerdo le dije.

El gran problema fue que como derechohabiente del IMSS de Nayarit no tenía acceso a aquel nosocomio del Distrito Federal, por tanto recurrimos al apoyo solidario del doctor Miguel Ángel Navarro Quintero, quien se hallaba en postrimerías de la diputación federal, legislatura en la que fungió como presidente de la Comisión de Salud. En 1997 me invitó a trabajar en su campaña como responsable de prensa, tras la aceptación recorrimos los once municipios de Nayarit que integran el tercer distrito electoral federal. Movió sus influencias y fui aceptado.

Recuerdo que en compañía de mi hermana Josefina en avión viajamos en varias ocasiones de Tepic a la Ciudad de México y viceversa haciendo preparativos de la operación. En una de ellas, le correspondía ser compañera de asiento de Ney González, pero me pidió que yo ocupara el lugar. Viajé a su lado, hablamos de muchas cosas, incluso recuerdo que me dijo que no tenía casa en el D.F., pero sí su cuñado Raúl Mejía. A mi hermana siempre le incomodó que Ney le dijera:”Fina, está feo tu papá”. En aquel entonces Ney era un chamaco que asistía a la escuela primaria “Ignacio M. Altamirano” en la Mololoa. A diario, con una bola de compañeros, se le veía llegar a la tienda de abarrotes que mi tía Cuca (hermana de mi papá) poseía por la avenida México frente a la escuela y que mi hermana Josefina le ayuda a atender. A Ney lo seguían no porque fuera líder desde entonces, sino porque les compraba golosinas con dinero que le birlaba a doña Carmen, su señora madre.

En otra ocasión viajé solo. En calle del D.F. compré un paraguas en cien pesos, negro, amplia falda. Cuando tierna la noche el avión aterrizó en el aeropuerto de Pantanal estaba lloviendo. Vi cuando menos a tres empleados ataviados con paraguas para proteger de la lluvia en repetidos viajes uno a uno los pasajeros que bajaban. Yo me sentí suficiente, paraguas en mano no necesitaría de aquella asistencia. Me planté a la salida del avión y al bordo de la escalerilla la abrí, pero el aire estaba tan fuerte que tela y varillas de manera violenta se fueron hacia arriba, cambio de posición que casi me hace perder el equilibrio. No pude de momento volver el paraguas a su forma original y acepté apoyo del personal disponible para no mojarme.

En el mes de mayo de ese año 2000 se realizó la cirugía. Según supe como 25 centímetros me abrieron al lado derecho de la cabeza (seguramente con moto sierra). La operación tardó más de 10 horas. Cuando volví en sí estaba en camilla fuera de la zona del quirófano y creo que por efectos de la anestesia veía las cosas al revés, es decir, el techo lo veía en el piso. Una vez encamado en piso, una de las enfermeras que me atendía dijo que el doctor Guinto Balanzar había realizado más de mil cirugías como la mía y que ninguna le había salido mal. Pensaba: ojalá y no sea yo el único que salga mal. A los días me dieron de alta, no sin antes pasar por una tomografía con base en la cual el doctor aseguró que en lo que me resta de vida no retoñaría el tumor.

Sin embargo, el neurocirujano me señaló que meses después me haría otra intervención, pues producto de la parálisis facial me quedó chueca la boca. Es necesaria para que la zona derecha de tu cara tenga un 75 por ciento de movimiento, me indicó. Y en efecto, nueve meses después del Hospital de Especialidades me mandaron llamar para que el doctor Guinto Balanzar conectara un nervio de la lengua (tenemos dos por debajo de ésta) con el nervio facial. La bronca es que sólo la mitad de la lengua me funciona y mastico de preferencia sólo por un lado. Pese a todas esas vicisitudes, muchos me dicen: lo importante es que estás vivo. Tendré que decir que gracias a Pepe Espinoza y que éste sepa que no lo olvido, por tanto no soy malagradecido por su valiosa intervención.

Han transcurrido más de 17 años y aquí estoy vivito y coleando (hay vagos que a esta última palabra suprimen la primera o por la u). Pero en fin, salud.

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