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La vida después de Los Pinos

José Elías Romero Apis  ·  9 de junio, 2025  ·  Hace 236 días
De estos dos episodios, nadie sabe y nadie supo. Me lo contó mi exjefe, Enrique Álvarez del Castillo.

Otros presidentes fueron más transparentes en su buen trato hacia el antecesor y su franqueza les acarreó el rezongo de la clase política.

Un caso fue el de Adolfo López Mateos, quien tuvo muchas atenciones para con Adolfo Ruiz Cortines, incluyendo que seis integrantes de su gabinete habían sido colaboradores de su antecesor. Los políticos inventaron el sarcástico chiste de llamar a la casa privada del expresidente como “los pinitos”. López Mateos registró el mensaje de la guasa y corrigió los rumbos de una manera elegante. A todos los siete expresidentes que entonces vivían los invitó a cargos públicos como si fuera un consejo de expresidentes. Siendo atento con todos ya no lo tacharían de obsecuente con uno de ellos.

El otro caso fue el de José López Portillo, muy caballeroso con Luis Echeverría y con los echeverristas. Empezaron las protestas. Gustavo Díaz Ordaz declaró, en una ronda de prensa, que estaba muy enfermo de la vista “porque veía dos presidentes”. López Portillo hizo declarar a un funcionario de su cercanía, Gustavo Carvajal, que quienes visitaran al expresidente “recibirían el beso del diablo”. La amenaza presidencial fue bien entendida y bien recibida.

Pero, en sentido inverso, también han existido ejemplos notables de antipatía entre el Presidente y el expresidente. Esto es un fenómeno que nos obliga a una reflexión, aunque ésta sea mínima y, para ello, recurriré a ejemplos anecdóticos.

Me contó Virgilio Andrade que, en cierta ocasión, algún despistado le preguntó a Adolfo Ruiz Cortines quién, entre él y Miguel Alemán, era mejor político. De inmediato contestó: “Esa pregunta ni se pregunta. El licenciado Alemán es uno de los mejores políticos que ha tenido México. Tan solo comparable con Juárez o con Carranza”. Aquí ya apuntaba cierta ironía, puesto que Ruiz Cortines sentía una íntima descalificación histórica hacia esos dos próceres.

Después de una breve pausa reinició. “El problema es que al licenciado Alemán lo distraen sus muchos negocios, sus muchas novias y sus muchos amigos. Yo, en cambio, como no tengo negocios ni novias ni amigos tan solo me dedico a la política en tiempo completo.”

Con esto se nota la acidez de los sentimientos hacia su antecesor. Pero, de allá para acá, también los había. Cuenta Francisco Cinta, secretario último que tuvo Alemán que, en cierta ocasión, se refirió a don Adolfo como “el señor Ruiz Cortines”, por lo que Alemán le corrigió: “No, Paco. No se dice el señor Ruiz Cortines sino el presidente Ruiz Cortines. Porque presidente sí lo fue, pero señor nunca lo ha sido”.

No es fácil el post imperium, aunque algunos supieron llevarlo bien. Miguel Alemán concluyó su gestión presidencial siendo todavía muy joven, recién cumplidos sus 50 años de edad. Sobrevivió 30 años como exmandatario. Pero no terminó solo. Conservó a muchos de sus amigos de siempre y los incrementó todos los días.

Y es que Miguel Alemán tenía la rara virtud de poder colocarse a la altura de las circunstancias. Lo mismo podía platicar, durante horas, con el presidente del país más poderoso del planeta que con una modesta ama de casa, con la seguridad de que a ambos les iba a prestar la misma atención, por la sencilla razón de que todo le resultaba interesante. Era un humanista universal que no se limitaba ni en fronteras ni en niveles ni en reductos.

El otro fue, indiscutiblemente, Adolfo López Mateos. Él tan solo sobrevivió poco más de cuatro años a su encargo, la mitad de ellos en estado de inconsciencia. López Mateos nunca “perdió el piso” porque se esforzó en ello con una férrea voluntad. 

Entre otras decisiones, nunca vivió en Los Pinos para conservar, aunque sea aferrándose a la materialidad de la casa familiar, la conciencia y la certeza de su personalísima individualidad. En su casa propia de San Jerónimo sería Adolfo hasta que muriera y, después de ello, también. En Los Pinos, al cabo casa ajena, sería otra cosa, desde luego transitoria y también impersonal. 

Por eso comía casi a diario en el restaurante. Por eso manejaba dos veces al día su automóvil propio. Por eso le gustaba regalar sus cosas y no las del erario: sus mancuernillas, sus plumas, sus relojes, sus pitilleras y sus encendedores, que se convertían en prendas invaluables para el obsequiado, aunque llevaran las iniciales de quien las regalaba.

Me contaba Humberto Romero que, cierto día, ya como ex presidente y ya muy avanzado su deterioro físico, llevó a López Mateos al estadio de futbol. Ocuparon unos buenos lugares, pero nada extraordinario. La importancia del encuentro hizo que asistiera el presidente Díaz Ordaz, quien se encontraba en el palco presidencial.

Es el caso que el locutor oficial anunció la presencia de Díaz Ordaz, a lo que el público respondió con una fuerte rechifla. Acto seguido mencionó la presencia del ex presidente López Mateos, y todo el público se puso de pie para aplaudirlo durante largo tiempo. Cuando terminó la ovación, López Mateos le susurró a Romero: “Caray, Humberto. Qué enorme daño me hice al venir”.

¡Qué bien conocía a su sucesor! A Díaz Ordaz no le gustaba López Mateos. No creo que por ingratitud ni por rencor. Me queda en claro que por envidia. Díaz Ordaz era muy inferior a López Mateos y, por si fuera poco, no soportaba que el pueblo venerara al mexiquense y lo odiara a él.

Calderón, un exmandatario en activo 

El de Felipe Calderón es uno de los raros casos en el que un expresidente de la República decide continuar ocupando un lugar en la vida pública de México.

El 22 de enero pasado Excélsior publicó que el expresidente volvería a la escena pública con la puesta en marcha de la Fundación Desarrollo Humano Sustentable.

La nota informaba que antes de abandonar la residencia oficial de Los Pinos, en una cena privada el 6 de noviembre de 2012, acompañado de su esposa, Margarita Zavala; así como de su hermana Luisa María Calderón, secretarios de estado y legisladores, Felipe Calderón anticipó que encabezaría una fundación cuando dejara el cargo.

En aquel encuentro, Calderón Hinojosa expuso que reactivaría la Fundación Desarrollo Humano Sustentable, misma que mantuvo vigente del 4 julio de 2004 —dos meses después de haber renunciado como secretario de Energía en el sexenio de Vicente Fox— hasta el 27 de diciembre de 2005, cuando ésta entró en liquidación.

Al dejar Los Pinos, Calderón aceptó participar académicamente en la Universidad de Harvard, al menos por un año.

En noviembre de 2012 la Presidencia de la República confirmó que el mandatario se incorporaría a partir de enero de 2013 a los cursos en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy.

Mediante un comunicado se dijo que el ahora expresidente se convertiría en el primer participante invitado al Programa Angelopoulos de Líderes Públicos Globales, cuyo objetivo es albergar a líderes a escala internacional.

El decano de la Escuela John F. Kennedy, David Ellwood, aseguró que “El presidente Calderón es un ejemplo vivo de un servidor público dinámico y comprometido, que confrontó los mayores desafíos de México” por lo que “aportará su experiencia y conocimiento, que ayudará a informar e inspirar a los estudiantes y a la Facultad”, dijo Ellwod.

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