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Homosexualidad, sus luchas, desencuentros y sinsabores

Lorena Orozco  ·  20 de junio, 2025  ·  Hace 275 días
A Milo lo conocí a finales de los 80s aquí en Tepic, era un tiempo en el que no se hacía abiertamente activismo de la comunidad homosexual, pero él sí; llegó con folletos donde advertía sobre el SIDA, enfermedad que había contraído, y quería evitar que se siguiera propagando.


Para ilustrar como se había contagiado, decía: “Yo me senté en un hormiguero". Y acto seguido, se lanzaba al ruedo, recomendando a diestra y siniestra el uso de preservativos.

Me caía bien Milo (lo recuerdo con afecto). Hablaba con naturalidad de situaciones escabrosas por las que atravesaban quienes transitaban por esta vida siendo homosexuales; sus luchas, sus desencuentros y sinsabores.

Para colmo con el estigma de esa enfermedad, pero él era atrevido, no se amilanaba; asumió la representación y defensa de la comunidad homosexual en la entidad.

Platicamos muchas veces; siempre amable, puntal, ameno. En estos días vino a mi mente cuando me contó que hubo muchos alborotados a casarse cuando Marcelo Ebrard gobernó México, D.F y se aprobó el matrimonio igualitario.

Al dar la información de que el gobierno casaba gratis, te daba un tour por la capital y costeaba tu estancia en el hotel, fueron muchos los apuntados.

Pensaron en llevar (mínimo) dos autobuses; había parejas para eso y más; el problema empezó cuando iniciaron las pláticas prematrimoniales, pues algunos, al escuchar de los aspectos legales, emocionales, sociales y de compromiso, y fidelidad, renunciaron a ese embrollo.

Luego, un gringo anciano tampoco se quiso casar con su joven novio, pues vio que más que en él, tenía interés en los bienes materiales que poseía (yo creo que lo sospechaba, pero fue demasiado evidente).

Una muchacha que rondaba los 20 años se quería casar con su novia, que le llevaba ocho o 10 años, pero le pidió a Milo que la acompañaran a pedir permiso en su casa, y así lo hicieron.

Ya en el domicilio, pidieron hablar con los padres, y cuando los hicieron pasar, les expusieron el motivo de su visita, a lo que el progenitor estalló en ira, diciendo que ni siquiera sabía que su hija fuera lesbiana, tampoco que tenía novia, y mucho menos que se quisiera casar; así es que la reunión terminó abruptamente con la corrida de todos los acompañantes, mientras la chica se quedó hablando con su familia, y a las pláticas nunca volvió.

Yo de verdad me reí, pero me dio pena con Milo, tanto esfuerzo para nada. Aquel plan que tenían de llevar muchos pasajeros quedó sólo en dos: una pareja que era de la colonia Tierra y Libertad, quienes oficializaron su unión civil en el D.F, y después de su luna de miel, regresaron a Tepic a hacer su vida juntos.

Me dio curiosidad y le pregunté si seguían con su relación, y me respondió que no habían durado ni un año. El motivo fue que hubo infidelidad, y no una, fueron muchas. Así es que el traicionado andaba llorando por los rincones, mientras que el otro dejó el hogar conyugal para vivir la vida loca.

Mencionó que el que fue abandonado, se quejaba que ni siquiera el matrimonio le había importado al otro, y que quería promover el divorcio, pero no lo hacía porque era difícil con sus pocos recursos viajar a la capital de México para hacer los trámites, y mejor siguió casado; sin su marido, pero casado.

Hermilo Márquez Pintado (Milo) había regresado a su tierra, Nayarit, después de ir a probar suerte por la ciudad de México; y se quedó a trabajar a favor del colectivo homosexual, el cual no tenía las siglas LGTB+ como ahora se conocen.

Tampoco nos recetaban el mes completo de manifestaciones como ahora se hace, pues entonces se trataba de conmemorar el 28 de junio, fecha en que detonó (en Nueva York), un movimiento homosexual en contra de la represión policíaca, la arbitrariedad y la segregación. Y aquí estamos 56 años después, recordando los disturbios de Stone Wall.

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