Tepic, Nayarit, lunes 01 de junio de 2020

A confesión de parte….

23 de mayo de 2020

(En 2015 Arturo Guerrero Benítez hace exposición de sus 25 años en el periodismo de Nayarit. Narra con toda crudeza vicisitudes con que se topó en el transcurso de los iniciales años de su actividad reporteril).

Hace 25 años, en 1990, me inicié en el periodismo en el ya desparecido Ocho Columnas de la UAG. Lo mejor que me ha pasado, es que este oficio me ha regalado muchos amigos. Tengo mucho agradecimiento con muchos que me dieron oportunidades de aprendizaje y laborales y también con pocos que me quitaron algunas.

Hoy con más años, entiendo que así debe ser la vida, con subidas, cumbre, pero también bajadas, piso. He vivido ambos momentos, de otra manera no crecemos, yo lo hice y aquí estoy dedicado a lo mismo, emocionado y convencido de que no pude encontrar mejor forma de vida, porque en 25 años sólo he vivido de mi modesto talento y esfuerzo en la comunicación.

Trabajé en un una decena de medios, a veces de tres a la vez para juntar lo necesario, yo tenía -como hasta hoy- muchas ganas de salir adelante y es que en 1993 me casé y al año siguiente nació mi primer hijo, Jorge. El segundo, Sebastián, vino hasta 1999.

Era, en ese marzo de 1990, estudiante de tercer año de la Escuela Superior de Leyes de la UAN, sería abogado. Alfredo Arrizón, mi amigo y a la postre mi padrino de graduación de la licenciatura, fue quien semanas antes me invitó a sumarme al proyecto de expansión a Nayarit de Ocho Columnas; me ofreció ser corresponsal, acepté y a los días decliné orientado por mi madre, que me había advertido de los riesgos de no tomar los trabajos desde abajo, ella siempre tenía razón y me convenció. Murió en 1991 yo creo que no muy convencida de que a esto del periodismo me iba a dedicar.

Me sumé a Ocho Columnas como reportero-redactor con un sueldo de 200 pesos a la quincena, menos la comisión que pagaba en la Casa de Cambio Lidor de Jesús Vega Bastidas. Mi madré murió en mayo de 1991.

En todo un acontecimiento personal y familiar se tornó mi primera nota publicada en la sección occidente del Ocho Columnas, periódico bien hecho y a color. Guardaba y traía conmigo el ejemplar del día que le mostraba a Patty, mi novia desde 1987 y con quien me casé en mayo de 1993.

Ese maletín negro Samsonite de imitación piel lo traía para todos lados, lo hice rendir bastante pues además de los útiles de la escuela guardaba un buen número de ejemplares con notas que tenían que ver con servicios públicos y lo que vecinos y amigos me pedían contar. El lema del periódico era "Diario al Servicio de la Comunidad".

Había dejado ya de trabajar por las mañanas en la lonchería de la Preparatoria México cuando ésta se ubicó en aquellos años en las actuales oficinas de la Diócesis de Tepic, en El Tecolote. Mi jornada iniciaba antes de las seis de la mañana, en la bicicleta iba al Mercado Morelos a comprar lo necesario, lo llevaba a la prepa a dejarlo, de ahí a la escuela dos o tres horas y regresaba para salir a las dos de la tarde. De cuatro a las ocho o nueve de nueva cuenta había que ir a Leyes.

En Ocho Columnas trabajé casi tres años, en febrero de 1993 me despidieron. Acudí a las instalaciones de la UAG a entrevistarme con una licenciada que tenía un rosario de quejas en mi contra, dadas por mi jefe inmediato, mi amigo Lolo Galindo quien lo amparaba el licenciado Venegas, un hombre de edad avanzada muy amigo de los Leaño. Acepté todo, me pidió externara mi defensa, le dije que sí y lo hice, le agradecí la oportunidad de haber conocido el periodismo, del medio que me había conquistado y del que nunca más me separaría a pesar de las muchas adversidades que vendrían.

Regresé en la llamada banca de un autobús de línea comercial, tal vez Ómnibus de México, muy triste, recordaba las palabras de Conrado Vázquez el jefe de la sección occidente quien me alentaba antes de entrar con la guapa dama, me dijo que tenía "madera" para ser reportero, que me iría bien si seguía en el periodismo, él sabía que era el final para mí, yo lo intuía.

Poco menos de un mes hacía que había ido a casa de Patty a pedir su mano, yo acompañado por mi hermana Anabel y su esposo Rubén, del otro lado mis suegros Don Santos García Márquez y Doña María Núñez. Qué haría si me había quedado sin trabajo. Largas se me hicieron las tres horas de camino a mi casa de Francisco I. Madero 125 oriente en la colonia Magisterial.

En los hechos, mi carrera como periodista había terminado, recordaba las palabras de Conrado pero no atinaba cómo podía irme bien.

Me despedí de Carmen Martínez, la secretaria y mi amiga hasta hoy, ya no enviaría mis notas por el "Tandy", un artefacto de vanguardia para la época, en Nayarit aún se faxeaban las notas a los periódicos. En los primeros días y meses, no sabía escribir a máquina, redactaba mis notas en hojas que luego la misma Carmen pasaba en limpio en el ya mencionado aparato.

Aprendí en una vieja Olivetti al paso del tiempo, como escribimos la mayoría, con los dos dedos índices. Hasta la fecha en computadora así lo hago, en el celular, escribo con los pulgares.

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