Tepic, Nayarit, viernes 05 de junio de 2020

Porfirio Camacho, constructor de la vida ejidal

Miguel González Ibarra

15 de septiembre de 2015

*“Cuando yo muera, que me toquen viva Cárdenas”

Habló por todos. Estábamos en su casa del barrio del cerro, en charla amena, sentados en el amplio corral, lleno de árboles que él cultivó y cuidó, con el mismo esmero que se protege a un hijo, logrando un singular paraje que invita al descanso y disfrute permanente. Con el siguiente dicho, Interpretó fiel y diáfanamente, el sentimiento de los campesinos de México, incorporados al régimen ejidal, mostrándolo, sociológicamente, de cuerpo entero. Porfirio Camacho, de Tetitlán, instruyó a su nieto, con expresión segura y convicción profunda:

---Pepe, escúchame bien. Está Miguel de testigo. Cuando me muera, quiero que lleven mi cuerpo al Comisariado y, un mariachi, me toque “Viva Cárdenas”.

Con ese simple, pero muy significativo detalle, lo admiré más de lo que ya lo admiraba. Esta concepción, referida al  mandatario que ejecutó la Reforma Agraria y expropió el petróleo, es el punto de partida para ser lo que fue: Un gran constructor de la vida ejidal mexicana, a partir de dirigir su ejido, el de Tetitlán, ubicado en el Municipio de Ahuacatlán, Nayarit, un punto de la extensa república mexicana, siendo uno de sus líderes más sobresalientes e importantes.

Su convicción y militancia cardenista, lo llevó a alcanzar el peldaño de excelente agricultor, próspero ganadero y apasionado dirigente de la Defensa Rural, amén de sus capacidades para darle rumbo a la organización del ejido y a las tareas sociales que involucraban a toda la comunidad tetitlense. Tal condición, le dio suficiente autoridad, para ser un dirigente campesino que deja un rastro, particularmente en el sector y la economía social, sin exageraciones, de talla histórica, ocupando el sitio honroso de ser, evidentemente, un hombre de vanguardia.

Se convirtió en mi Gran Maestro. Me trató como su alumno. Siento orgullo de eso. Es un privilegio para mí, y me dignifica, portar esa categoría; indudablemente, uno de los escalones más altos de mí transcurrir como integrante del conglomerado de este planeta. Ojalá, todos los jóvenes tuvieran a un extraordinario educador y guía, como éste que yo tuve. Las jornadas, prolongadas por horas, cada uno en su remuda, de Tetitlán a “Potrerillos” ---potrero dotado por centenares de hectáreas, en aquellos tiempos, de uso común, todavía sin parcelar, donde pastaban nuestros animales---, se transformaban y, eran, en los hechos, cátedras rebosantes de sabiduría, que me han orientado siempre y orientarán, hasta los últimos momentos de mi existencia. Aquellas “vaquiadas”, como les llamábamos, resultaron la gran enseñanza que recibí de un ser humano inteligente, excepcional, cuyo talento, lo edificó y moldeó, en la universidad de la vida; él, nunca, pasó lista en las aulas, pero, sabía mucho más, que no pocos compatriotas, con título de doctorado. Salíamos muy temprano y regresábamos ya muy noche. Dos vaqueros, inseparables, en el curso de 14 horas, duración de la conferencia que se repetía semana tras semana, aunque, en cada trayecto, las ideas narradas por el Maestro, se enriquecían. Qué daría porque esos momentos se repitieran. ¡Imposible! A Porfirio lo despedimos el pasado miércoles 9 de Septiembre, día que se le detuvo su corazón, dejando de latir.  Murió ya casi llegando a los cien años de edad, de más de noventa.

Deja un vacío, sin lugar a dudas. Nadie en lo individual podrá llenarlo. Aunque, es de los muertos, que eternamente estarán vivos. Así son los grandes conductores de los pueblos. Están muertos, pero, vivos al mismo tiempo. Es el caso y, así será, Porfirio Camacho.

Amaba, con pasión poética, a la tierra. Creativo y muy audaz al cultivarla. La práctica, lo llevó a descubrir técnicas agrícolas que las aplicaba. En “Las Playas”, uno de los espacios ejidales más productivos, no sólo de la región, sino, de la república entera, pues, cada temporada recibía el abono por la creciente del río, llegó a cosechar toneladas y toneladas de papa, algo verdaderamente impresionante, que le permitían, darse el lujo de sacar de la agencia, pagando de contado, una camioneta Ford del año. ¡En aquellos tiempos! Estamos hablando de la década de los sesenta del siglo pasado. Estrenar un automotor nuevecito negociado en la empresa matriz, no era nada común. Él, lo hizo, varias veces, producto de su trabajo y talento, como gran agricultor. A la tierra le sacaba esos vehículos, realidad que era muy reconocida por chicos y grandes. Sin haber abierto nunca un libro de Materialismo Histórico, él pregonaba que aquellos avances y logros, eran gracias a la Revolución Mexicana estallada en 1910, pero, en particular al General Cárdenas, personaje de la historia nacional, que siempre estuvo presente y muy activo en sus aleccionadoras, emotivas y muy apasionadas conversaciones, mismas que contagiaban a todo aquel que las escuchaba.

Llegó a tener muy buen ganado, en cantidad y calidad. Del mejor en la zona. Bonitos caballos también. Yo disfrutaba mucho ver sus vacas, becerros y terneras, criados con toda la leche. No tenía flojera. Muy temprano siempre se le veía trabajando hasta el oscurecer y sin respetar fines de semana ni días festivos, salvo, aquellos emanados de su responsabilidad como organizador social de la comunidad.

Su imagen al frente de la Defensa Rural estremece. Estos órganos de los campesinos mexicanos armados, formados por el gobierno democrático del General Cárdenas, defendieron el nacimiento y progreso de los ejidos y pacificaron las zonas rurales del país. La inseguridad estaba en cero dónde había campesinos armados al servicio y protegiendo a la población. Fue el caso de Tetitlán. Allí, repitiendo, mientras estuvo presente la Defensa Rural, con Porfirio siempre al frente, inseguridad cero. Porfirio fue el organizador y líder de la Defensa Rural de toda la zona. Lo respetaban los campesinos y los generales de la Secretaría de la Defensa Nacional. Con cuanta gallardía y presencia desfilaban los de la Defensa, cada 16 de Septiembre y 20 de Noviembre, montados en sus caballos, portando el lustrado cerrojo, cuya arma, éstos soldados del pueblo, la mantenían impecable por el tratamiento permanente que le daban al fusil. En esta patriótica tarea de la Defensa Rural, Porfirio fue absolutamente leal al General Lázaro Cárdenas. ¡Gran ejemplo para las presentes y futuras generaciones!

¡Descanse en paz, Porfirio Camacho!

Estas líneas, escritas con el corazón, son en su memoria.

Un abrazo a Pillo, a Lupe, a Yolanda y a Pepe.
 


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