Tepic, Nayarit, viernes 29 de mayo de 2020

Mi amigo Jesús Lemus

Ulises Rodríguez

06 de noviembre de 2014

A Jesús Lemus Barajas lo conocí hace un año, a finales de noviembre del 2013 cuando, invitado por la Casa de los Derechos de Periodistas, vino a Tepic a presentar su primer libro: “Los Malditos”.

Semanas antes, en la columna de don Rafael Loret de Mola, había leído una referencia que hacía don Rafael sobre “Los Malditos”, donde decía que estaba leyendo el libro del periodista michoacano con particular interés, para saber si lo que escribía Lemus sobre Mario Aburto, asesino -¿?- confeso de Luis Donaldo Colosio, tenía concordancia con lo que él sabía sobre el tema, ya que también don Rafael le realizó una entrevista a Aburto Martínez, preso desde marzo de 1994 en Puente Grande, Jalisco. Así pues, cuando vi en la Universidad del Valle, un cartel que anunciaba la próxima visita de Jesús Lemus a Tepic, me apresuré a leer el libro que casualmente, había comprado una semana atrás. He de confesar que pocos libros y pocos autores, pueden presumir de la facilidad para atrapar al lector como lo que escribe Jesús Lemus, “Los Malditos”, desde sus primeras páginas, me atrapó y me hizo sentir una empatía con aquel periodista que había sufrido represalias desde el poder, sentí su dolor, sus vivencias, sus historias y por supuesto, me alegré –aun sin conocerlo- de saberlo vivo y con bríos para contar una historia tan fascinante, la de haber convivido con personajes tan complejos como don Rafael Caro Quintero, el mismo Mario Aburto, Daniel Arizmendi, Jesús Loya –el personaje siniestro que transpira amor por una enfermera del penal- y otros tantos, no menos famosos. Invité a mis amigos, Lenin y Lepe, a que me acompañaran a verlo a la Facultad de Comercio, donde se presentaría a las 11 am de aquel martes 19 de noviembre del año pasado, convencido de que tendría ocasión para preguntarle sobre alguna confidencia que le hubiera hecho Aburto sobre el asesinato de Colosio, ya que en el libro, aunque la narración es apasionante, no arroja ningún dato esclarecedor.

Cuando llegamos, les dije a mis amigos que me flanqueaban del lado izquierdo Lenin y por el derecho, Lepe, que aquel que estaba sentado en las baquitas que están afuera de la unidad académica, era el periodista al que íbamos a ver. Bajo de estatura y de complexión regordeta, con barba de candado y una sencillez que no había visto hasta aquel día y que no he vuelto a ver tampoco, en un periodista que ha conocido ya el olimpo del periodismo en México.

No entraré en detalles sobre aquella plática, porque la intención de esta nota no es la de convertirse en reseña, sino más bien, un tributo a mi amistad con Jesús Lemus Barajas. En el local, había escasos 30 asistentes al evento, la convocatoria al parecer, había sido mala. Sin embargo, durante la conversación, existió una empatía entre el autor y los asistentes, era más la charla de un amigo que acababa de pasar por algo difícil que les estaba compartiendo a sus amistades, que una presentación literaria.  Al finalizar, fue inevitable invitarle un refresco para seguir la plática.

Pasaron semanas y meses, Jesús seguía comportándose con la misma sencillez de siempre. Mantuvimos comunicación vía redes sociales y después, por WhatsApp, siempre pude contar con su consejo y buenos deseos. Por ello, cuando me pidió mi dirección para mandarme un ejemplar de su libro “Cara de Diablo”, el gesto no hizo sino confirmarme que entre ambos existía ya una amistad. “Cara de Diablo” es la historia, de narrativa apasionante y romántica, que describe al padre Nabor Cárdenas Mejorada y su relación con la campesina Gabina Sánchez, ambos conocidos por la historia como “Papá Nabor” y “Mamá Salomé”, los padres de la comunidad religiosa de la “Nueva Jerusalén”. El libro es, principalmente, una denuncia periodística sobre los abusos que se cometen en dicha comunidad y una advertencia de lo que el fanatismo religioso y la obediencia absoluta, son capaces de hacer.

Jesús tuvo detalles invaluables, como llamarle personalmente a una amiga periodista a quien estimo y admiro mucho, para invitarla a la presentación, acción que fue como un bálsamo para el enojo que mi amiga sentía conmigo. Ha sido, desde que le conozco, mi mejor referente al decir que la humildad es una virtud sólo de aquellos con grandeza de espíritu.

Ya en Tepic, la semana pasada, recibir a Jesús Lemus fue tan fácil como recibir a un familiar que viene de visita. Hablamos de todo, de sus libros, de sus experiencias, de política e historia. Tanto Lenin, Lepe, Jesús y yo, nos reímos a carcajadas de cualquier situación que viniera a la memoria, cuidando siempre guardar la compostura cuando estuviera presente nuestra amiga Norma Cardoso, mujer noble y educada que seguramente se hubiera sonrojado con nuestras ocurrencias.

Fue así como conocí a Jesús Lemus Barajas, el periodista. Pero después de las presentaciones de “Cara de Diablo” en la UAN y después en la Universidad del Valle, cuando decidimos ir a San Blas en un viaje improvisado y ahora acompañados por el folklórico Manuel González Arizpe, fue que pude conocer mejor y admirar al hombre que es Lemus Barajas. Alejado del glamour que ha significado “Los Malditos”,  está una historia de dolor que aún se le percibe en gestos, en fobias, en ratos de desesperación y enojos espontáneos, sin embargo, en ningún momento se abstiene de brindar su amistad sin cortapisas.

“Me da gusto ver que te inclinas más por el periodismo que por la política, ya” me dijo Jesús poco antes de despedirse, el pasado viernes, en la terminal de autobuses. Bromeamos una última vez, sentados en la terminal y escuchando las increíbles historias que Manolo nos contaba -una más fantástica que la anterior-, cuando se llegó la hora de abordar. Manolo, en un gesto inesperado, se sacó del bolsillo su pluma Montblanc plateada de tinta negra y me la obsequió, al tiempo que Jesús, se despidió de nosotros de la misma forma en que llegó, con un fuerte abrazo. Así, vimos a nuestros amigos caminar por el andén de la terminal, asemejando, por sus complexiones físicas, a los personajes del cuento de Saavedra, Don Quijote y su fiel escudero, Sancho Panza, que igual que Jesús Lemus y Manolo González Arizpe, se enfilaban en busca de una nueva aventura.


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